martes, 3 de febrero de 2015

Elementos protectores tradicionales

Por José Sánchez Conesa "El tío del saco"


En la comarca del Campo de Cartagena hallamos testimonios que nos relatan la recogida de piedras mientras sonaban las campanas de la iglesia el Sábado de Gloria a las diez de la mañana, momento en el que la Iglesia celebraba la Resurrección con anterioridad a lo dispuesto en el Concilio Vaticano II, que fue cuando pasó a Domingo de Resurrección, a partir de la Vigilia Pascual. Estas piedras eran guardadas para sanar enfermedades aplicándolas en las zonas afectadas, siendo lo más común el alivio del dolor de cabeza.

Las piedras

Estaban vinculadas a lo divino en numerosas culturas como contemplamos asombrados en los menhires, manifestación sólida de la Divinidad. Fueron objeto de culto desde la Prehistoria y, por ejemplo, en el mundo semita se las tenía como morada de dioses. Clemente de Alejandría, escritor cristiano del siglo II, afirmaba que los árabes pre-islámicos adoraban a las piedras. Por ello quizá la gran piedra de la Kaaba de la Meca fue reinterpretada por los teólogos musulmanes como una piedra regalo de Dios a Abraham. En muchos pueblos africanos siguen teniendo a las piedras como objetos mágicos y en ellas se revelan, como ocurre en nuestro ámbito católico, numerosas imágenes de Cristos y Vírgenes, tal y como ocurre en el caso de la Virgen del Pasico (Torre-Pacheco). 

Flores Arroyuelo señala que la fecundidad de la piedra es debida a la polución divina como creían los hurrito-hititas. Por eso no nos sorprende que existan numerosos ritos propiciadores de la fecundidad que empujan a mujeres a frotar su vientre con un menhir en forma de falo que se encuentra en Reguengos de Monsaraz (Orense). Además de su poder fecundador aliviaban dolencias corporales, tal y como hemos visto, o eran empleadas en exorcismos para luchar contra el poder diabólico. 

La sal

La sal era utilizada ya en la Prehistoria para conservar los alimentos, asociada por ello a la inmortalidad. En época del emperador Augusto era elemento básico empleado en magia y en ritos purificatorios. Se le ponía sal en la boca al niño cuando se bautizaba. Para prevenir el mal de ojo se colocaban en una bolsita unas migas de pan, ajo y un poco de sal aplicándola en la ombliguera del crío. Protegía de las tormentas al ser arrojada a puñados a la calle o al patio de la vivienda. Se distribuía por toda la casa cuando se estrenaba, preferentemente detrás de las puertas y en pequeños montones para preservar el hogar de todo mal. Lo sé muy bien porque una tía de mi suegro cuando visitaba en La Palma, diciembre de 1991, lo que sería mi hogar conyugal, nos solicitó sal que fue aplicando tal y como he indicado anteriormente en todas y cada una de las puertas de la vivienda. No supo o no quiso explicarnos las razones de tal menester, tan solo respondió a nuestros requerimientos con un ambiguo “¡Cosas mías!”. 

Los marroquíes la emplean para purificar la casa y expulsar a los demonios de ella. En muchas culturas de todo el mundo se guarda un cuidado exquisito para no pisar el umbral, así en África occidental la entrada de los poblados se halla a menudo cerrada con una valla móvil destinada a impedir el paso a los malos espíritus. En Marruecos, Palestina, China o Rusia el recién casado introduce en sus brazos a la novia poniendo cuidado de que no pise el umbral de la casa pues de lo contrario entraría la mala suerte a la casa. Muchas pueden las interpretaciones, una de ellas es que en Marruecos, como en otros rincones de la geografía mundial, la gente cree que los duendes y los malos espíritus rondan el umbral. En Lituania cuando se construye una casa nueva se coloca sobre el mismo un crucifijo de madera o de cualquier otro objeto que proceda de generaciones anteriores. Los alemanes observan la superstición de no pisarlo cuando se trata de una casa nueva puesto que provocarían a estos entes. Los antiguos romanos veneraban en el ámbito de la puerta de entrada del hogar a los dioses lares, los espíritus de los antepasados que protegían a los moradores de la casa. Sin embargo, la sal trae mala suerte cuando es pedida y por tanto es mejor que la coja directamente la persona que la necesita.

Es señal de mal augurio cuando se vuelca el salero, creencia originada hace unos cinco mil años en Oriente Medio, quizá debido al alto valor dado a este elemento en el mundo antiguo. Para conjurar esta desgracia, sumerios y egipcios echaban unos granos de la sal derramada por encima del hombro izquierdo, prácticas heredadas por asirios y griegos en el siglo VI antes de Cristo. Los griegos la utilizaban para defenderse de las influencias de los demonios y en el norte de África se sirven de ella para purificar el hogar y expulsar a los malos espíritus. En el cuadro de la Última Cena de Leonardo da Vinci Judas tiene ante sí un salero volcado.

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